Al final, en el cuarto planeta encuentras lo que todo el
tiempo estuvo presente.
La poesía que te estuvo persiguiendo el día entero.
El día no era nuevo, el día ya estaba escrito en otro sitio
desde hace muchas coincidencias.
La hipótesis que representó tu nombre durante muchos años
ahora quiere perpetuarse en la piel diariamente.
El poema sigue escribiéndose, con prosas accidentadas.
La fragilidad de un mensaje, la sorpresa de entenderlo cinco
minutos después y comprender la fuerza que representan las respuestas acerca de
lo que en un primer planeta habíamos escuchado hace ya tantas casualidades
atrás.
Creer que leemos con claridad el mensaje que recibíamos en
la pubertad ahora resulta arrogante.
Ahora es cuando necesitamos confundirnos para no perecer dentro de
nuestra propia arqueología.
Disolvamos el presente en el alcohol, que el pensamiento se
lo lleve el humo de un tabaco y que se guarden nuestras conversaciones en
grabadoras ambulantes.
Guardar lo escrito para intentar que sea la vida la que nos
encuentre, y descubrir que lo único que buscábamos furtivamente era la poesía
que siempre nos acompañó.
