El lince estuvo esperando mucho tiempo en aquella madriguera.
Su águila cazadora a veces aterrizaba para herirlo.
Pero el lince en un acto de total aburrimiento terminó por irse más lejos.
Encontró otros linces en su viaje.
Con algunos corría, con otros retozaba.
Con todos aprendía.
Un día encontró una criatura por de más extraña.
Con bríos por cazarlo todo, incluso a él.
Le dio estocadas mortales.
Estaba tan herido que no lograba devolverle ningún zarpazo certero.
Lograron entender cómo perseguirse mutuamente.
Pero el lince solo deseaba la muerte de aquella criatura antes de que acabara con él.
Lo acechaba en todos los caminos.
El águila daba vuelos contemplando al lince que se le escapó.
Pero el felino solo concentró sus esfuerzos en la criatura que deseaba asesinar.
Casi muerto y sin poder matar, el lince encontró otras fieras a su alrededor.
Las observaba sin perder de vista su objetivo.
Una de ellas emitía sonidos de una manera que le era familiar.
Comenzó a seguirla.
Se agazapaba para vigilar sus movimientos.
Cuando la tuvo de frente el lince se embelezó con tan hermosa fiera.
Era de su mismo color y habían transitado por las mismos senderos sin haberse visto.
De pronto esta fiera dio un salto por encima de él.
El lince siguió contemplándolo al vuelo para sorprenderse.
La fiera mató a la criatura que tanto le había torturado los últimos tiempos.
Ahora estaba frente al este lince que recobraba la salud para seguir cazando.