24.1.10

Mártir

Has logrado encerrarme en la gran sala vacía

Con tu efigie plasmada en la única pintura que habitaba adentro.

Mirabas al cielo, supurando, exhudando realidades.

Una espada te atravesó el corazón y tuve que cerrar los ojos mientras tu sangre brincaba sobre mi frente.

La pintura crecía, estando frente a mí. Ahora ya no sólo te veía a ti, el paisaje de fondo comenzaba a aparecer.

Tu presencia agonizante dentro de aquel cuadro me conmovía y por instantes me asfixiaba.

Pero sabía que no podía tocarte.

El mártir estaba siendo sacralizado.

El sol caía al fondo del lienzo, las nubes rosáceas se me venían encima.

Afuera de la sala caía una tormenta.

Tu voz retumbaba en sus relámpagos.

Salir del encierro me ponía en peligro. Permanecer ahí también.

Todo se redujo a la contemplación de la agonía.

Una gota de sangre corría por tu cuerpo,

Una lágrima cayó por mi cara. Eso es todo lo que pude ofrecerte.

El ocaso llegó en la pintura, afuera arreciaba la tormenta.

No hubo últimas palabras.

El mártir exhaló su último aliento.

Comenzó a humedecerse el lienzo de rojo.

Nuestros cuerpos se enfriaron.

Encendí una vela, iluminaba una parte de tu silueta, la dirigí a la esquina del cuadro, hacia la firma anónima y omnipresente.

Aquella obra gigante se incendiaba, la sangre se encontraba con el fuego.

Tuve que correr a derribar la puerta de la sala.

Te busqué en el cementerio de los símbolos, pues éstos no podrían estar presentes hasta que las cenizas los develaran y el réquiem dejara de resonar.

No es la tormenta ni la muerte lo que nos confronta, sino los restos que dejan a su paso.

No es el momento, sino la memoria del momento lo que nos construye.

Me niego al destino anárquico.

Me niego a la destrucción.

Simplemente, deconstruyo las memorias, las encierro en catacumbas debajo de grandes jardines.

Dirijo un beso hacia tus cenizas,

…Y te digo adiós.