30.4.07

Cuartos Oscuros, Cuartos luminosos.

Cuando por fuera permanece en mí un cuarto inmerso en tinieblas

Tan oscuro que no se percibe

Y que de saberse su presencia es necesario cuestionarse por lo que haya dentro.

Pero me meto en el cuarto y se enciende la luz roja que se vuelve amarillenta

Los retratos blanco y negro entonces se convierten en luz.

La luz invade el cuarto. Tan blanca, tan dispersante.

Es tu luz, es tu sonrisa, es tu voz.

Súbitamente se bajan los fusibles.

Abro los ojos.

Me preguntan la hora, me preguntan el clima.

No me interesa contestar, las horas pasan, el clima, pues mientras no nos mate también.

Contesto cualquier cosa simplemente para ser amable.

Las horas pasaron, el clima no me asesinó.

Pero es demasiado tarde para encender de nuevo la luz del cuarto.

No se si vuelva a iluminarse.

Por momentos quiero ser yo quien haga las preguntas, pero son tan extrañas que sé que no se me dará una respuesta, ni siquiera por amabilidad.

Supongo que cuando se me conteste satisfactoriamente me va a dar tanto susto como para no volver a preguntar más.

El cuarto existe, seguirá existiendo mientras lo haga yo.

El fusible está apagado, esperando por tu voz, por tu sonrisa y por tu sabiduría, pero no por aquella que me conteste a mis preguntas extrañas, sino por aquella que sepa provocar en mí el que te abra la puerta del cuarto,

Esperando por tantas tonterías que por darse en el minuto preciso se conviertan en citas memorables que nos lleven a amueblar el cuarto con una cama inmensa,

Para entonces apagar la luz y que el cuarto siga estando luminoso, a pesar de que sea tan impenetrable.