10.5.07

Süskind, Grenouille y mi anosmia.

Este fin de semana terminé por fin de leer el libro de “El Perfume”, y el mismo día en que finalicé su lectura me fui a rentar el DVD de la película. No precisamente por fanatismo al libro ni a Patrick Süskind, sino por una búsqueda frenética de descubrir al menos una millonésima parte de la capacidad olfativa de su protagonista.

¡Qué envidia! y a la vez, que sufrimiento. El personaje tenía hiperosmia, no hacía mas que olerlo todo y clasificarlo. Tenía la gran sensibilidad “Del primitivo órgano del olfato, el más bajo de los sentidos”, como se explica en las líneas escritas. Ha sido tan bajo este sentido para mí, que puedo contar con los dedos las ocasiones en que he logrado oler algo.

Hace ya catorce años que supe de la existencia de este libro, por una clase en la que el maestro era quien lo estaba leyendo. La obra narra la vida de un perfumista asesino y de paso describe un montón de olores que tal vez yo nunca vaya a percibir.

Mi amiga Erika rápidamente lo compró y en un gesto por compartir su compra me lo prestó… apenas por pocos días. Porque cuando llevaba un escaso número de páginas leídas, la señorita en un arranque de histeria juvenil me lo pidió de regreso porque al fin y al cabo, el libro era suyo y de nadie más.

Lo que es más antiguo que este suceso es mi falta casi total del olfato.

Me ha tocado todo el tiempo aprender el aroma de las cosas a través de otros.

He percibido mi propio olor gracias a la opinión de los demás. Creo que tuve una época muy apestosa por ahí de los diez a los quince años. A mí no me ha importado nunca bañarme o perfumarme, lo hago por consideración. No me preocupaba la estela que yo dejara a mi paso. Al principio mis compañeros de salón se encargaron de darme a conocer mi hedor de la peor manera, la cual no quiero describir. Los perfumes han sido como atacantes alcohólicos para mi nariz. Utilizo el mismo desde hace muchos años y es el único con el que estoy a gusto. Supongo que esta pérdida del bajo sentido fue a causa de un accidente automovilístico del que fui partícipe cuando tenía un año de edad.

Me han odiado y me han amado gracias a “mi olor”. Ha habido días en que tengo un montón de narices encima mío sin haberme puesto una gota de nada, ha habido noches en que se han perdido con mi aroma, cual animales perturbados. Mi perdición obedece a otros parámetros, pero el olor nunca ha sido uno de ellos.

Hace un año Erika,- quien me regaló también un perfume que uso, confieso que por hábito nada más, el envase es verde, y me huele a verde simplemente - respondió a mis reclamaciones por sus arranques de histeria hace más de una década gracias a un libro prestándomelo de nuevo. Esporádicamente me pregunta si ya lo terminé de leer y con temor a pedirlo de regreso. Lo comencé a leer de nuevo y duré tres días para terminarlo. Los asiduos a la lectura odian ver las películas basadas en libros porque saben que no será igual. Simplemente son lenguajes distintos. Lo que vi fue en realidad un banquete visual. Todo era demasiado bonito y ni siquiera la fetidez se percibía, mucho menos para mí.

“Ve el loco con la nariz, más que con los ojos”, definitivamente yo ni con la nariz ni con los ojos, la sensatez me ha acorralado siempre pero las artes visuales han sabido disfrazar muy bien mi astigmatismo y miopía.

El perfume que uso es de las pocas cosas que puedo oler. Una vez iba cargando una bolsa de panes de durazno y logré olerlos, fue muy extraño. Recuerdo una vez que no pude dormir porque a unos pasos de mí había una maleta llena de botellas de vino rotas y su olor me mareaba. Hace un par de años padecí el olor de una sala de hospital que me hizo salir de ahí. Una vez, a unas cuantas casas de la mía estaban quemando algo, según mi olfato que es tan errático, era mariguana. Creo que eso es todo. En la efervescencia de buscar olores he acercado mi nariz a muchísimas cosas. Mi amigo Dimitri me metía a las tiendas Sephora en París y me acercaba muestras de perfumes, pero la calle y estos trozos de papel eran lo mismo para mi olfato. Tengo en mi baño desde hace mucho tiempo un kit de aromaterapia que me regalaron, lamento mucho no disfrutar tan fino obsequio. Ayer iba en el transporte público y tenía sobre mi cabeza los sobacos de obreros al medio día y yo simplemente sentía el calor que un camión lleno de personas presenta a esas horas del día. En fin, las anécdotas por falta de olores superan enormemente a aquellas en las que los he percibido. El otorrinolaringólogo ya me amenazó con que es demasiado tarde para resolver algo.

Pero entre tanto, haré como Jean-Baptise Grenouille…no, no asesinaré a nadie. Intentaré capturar “mis olores” en la memoria, que a mis treinta y dos años son todavía muy pocos.

Quien se ha encargado de hacer el trabajo de mi nariz ha sido mi piel. Hay que darle un descanso. He tenido que fingir la mayoría de las veces que “huele” a algo el ambiente. Es mejor que estar dando largas explicaciones. Probablemente si en mi último suspiro percibo el aroma circundante, mi anosmia habrá valido la pena.