Ayer vino a mi encuentro el hermoso Angelos. Aquel emisario que muchas veces iluminaba mis días y alguna que otra ocasión que se escondía el sol de mis ventanas.
Angelos sonreía como siempre. Sin embargo estaba angustiado. Sus ojos en los que yo me perdía ahora mostraban un paisaje húmedo, desolador. Por momentos viajaban al infinito.
Hoy era un ángel que caía tratando por todos los medios de elevarse aunque fuera por unos centímetros del suelo. Tantos corazones latiendo a su alrededor lo hundían.
Yo caminaba por las calles. En las fachadas se proyectaba su rostro. En mi plexo se entretejían miles de vainas que crecían apresuradamente hasta oscurecerlo todo y negarme el aliento. Su imagen me perseguía, pero cuando más se acercaba, se tornaba más tenue.
Entré a una biblioteca. Las vainas habían llegado a mi cabeza cubriendo mis ojos y entorpeciendo mi revisar de libros. En realidad no los leí. Simplemente pasé por todas sus páginas, una a una, borrando la maleza. Alcé la mirada, volví a ver el halo de Angelos que dio la vuelta por la habitación. Entonces se partió en fragmentos que se diluyeron poco a poco, entre los cajones y las líneas de cada tomo.
Una música de violines que emanaba de las
plazas enlutaba su memoria. El ocaso llegó sin su presencia. Después de todo, no éramos tan distintos como yo me imaginaba. Simplemente era un ente cuyo resplandor nos presta la vida por un rato. Abrí los ojos y podé tanta negra vegetación. He decidido impedir que el bello Angelos fulmine sus alas.

