27.5.24

La Distancia



La distancia entre dos cuerpos 

La conexión entre dos almas

La línea que recorre tu contorno de pie


Dos manos que se encuentran hablando entre ellas.


Tus ojos cerrados 

El paisaje inquieto alrededor 

Decenas de aves buscan dar testimonio de nuestros viajes, 

Pero deciden cantar de soslayo.

El cielo promete lluvia, pero nuestro cielo promete felicidad.


La distancia entre dos que sólo saben abrazarse

Que recorren miles de kilómetros conversando 


La torpeza de una discusión mal articulada porque sólo quieren decirse que se extrañan


Fuego en el aire, ternura en el silencio. 

Sólo un delicado eco del todo emana de telas oscuras


El Sol arde en la piel de los árboles. Sus escamas forman teclados para escribirte los más bellos recuerdos.

Lo que nunca habíamos pensado.  Lo que nos cambió la existencia.  Una corta distancia en el tiempo es necesaria ahora. 

La línea de tu contorno tiene que darme muchas respuestas. 

Me refugiaré en silencios dentro de las tormentas,

En búsquedas en lontananza


Para que esa distancia se evapore 

Para que el eco se materialice 

Para que el sentido exija su sitio

Y nos proteja nuestra suavidad. 

20.2.16

Lo escrito, lo dicho

Al final, en el cuarto planeta encuentras lo que todo el tiempo estuvo presente.
La poesía que te estuvo persiguiendo el día entero.
El día no era nuevo, el día ya estaba escrito en otro sitio desde hace muchas coincidencias.
La hipótesis que representó tu nombre durante muchos años ahora quiere perpetuarse en la piel diariamente.
El poema sigue escribiéndose, con prosas accidentadas. 
La fragilidad de un mensaje, la sorpresa de entenderlo cinco minutos después y comprender la fuerza que representan las respuestas acerca de lo que en un primer planeta habíamos escuchado hace ya tantas casualidades atrás.
Creer que leemos con claridad el mensaje que recibíamos en la pubertad ahora resulta arrogante.  Ahora es cuando necesitamos confundirnos para no perecer dentro de nuestra propia arqueología.
Disolvamos el presente en el alcohol, que el pensamiento se lo lleve el humo de un tabaco y que se guarden nuestras conversaciones en grabadoras ambulantes.

Guardar lo escrito para intentar que sea la vida la que nos encuentre, y descubrir que lo único que buscábamos furtivamente era la poesía que siempre nos acompañó.



7.6.15

Presente, Pasado, Futuro


Esa delgada frontera
Línea vertical y asombrosa
Que separa
El ensueño que inspira
Del miedo que se acomoda en los recovecos del espíritu.

Edificio de dos únicos niveles.
El nivel superior al que alzamos la mirada
Y el nivel en el que permanecemos,
En el que conversamos
En el que nos tocamos
En el que construimos la torre de babel que no puede alcanzar la ciudad imaginada.
Pero que la emula diariamente.

Las manos buscadas que encuentran los cuerpos
En el agua y en el aire.
Y los labios que irremediablemente se entrelazan

En la marea que arrastra el humo del café.

28.7.14

Torrente


Bajo la lluvia
El espíritu grita
Y dibuja sobre un soporte caliente
Cincela hilos verdes

Árboles moviéndose al viento
Hablando historias oscuras.

Llama encendida por tu voz
Fuego buscando tu piel
El relámpago suave

El suave abrazo
El perfume de las palabras
Que nos arrastran
Al abismo de la memoria

14.7.14

Los Quereres


Cuando se me pidió escribir sobre Quereres mi mente se puso a trabajar, recorriendo cualquier cantidad de recovecos para encontrar un relato pertinente. Terminé observando una gama cromática de Quereres, cual catálogo  de ideologías. Así que no quedó más remedio que recorrer una pequeña línea personal de mi propio tiempo, con total subjetividad.
Recordé que los Quereres al principio fueron los que tenían que ser: los Afectos. Así nada más, personajes que nos aparecieron de repente a los que quisimos porque sí. Y de esta manera simplemente nos dedicábamos al mínimo oficio de ser, con los Quereres con los que nacimos.
Pero permanecimos siendo nada más por poco tiempo, hasta que aparecieron otros personajes que llamaré Contextos, por ponerles un nombre a todas aquellas entidades fuera de nosotros, quienes nos susurran que no siempre habrá  Quereres, sino que también careceremos de ellos tarde o temprano. Los Contextos además se valen del mejor equipo de publirrelacionistas que mediante voces artificiosas nos dicen de forma masiva lo que hay que querer, con la amenaza de que  si no lo conseguimos, nos van a dejar de querer. Pueden llamarle  “educación”, otras veces “publicidad”, y cuando ya no encontramos la procedencia de tantas voces de los Contextos, decimos que es “cultura”. 
Entonces nuestros inocentes Quereres se van sofisticando hasta ser irreconocibles.
Al principio nuestros Afectos nos quitaban la preocupación de los Quereres, nos dieron lo que necesitábamos y ni siquiera precisábamos de la construcción de palabras para hacerlo saber.  Después quisimos jugar, y ya no dejamos de hacerlo. Entonces comenzamos el arriesgado juego de desear y nuestros Quereres ya no existían porque sí; ahora había que procurárnoslos.

Los Contextos nos mostraron utopías y aspiraciones de todo tipo. Los propósitos, las metas, las personas, la omnipresente política y todo aquello que nos convirtió en cazadores de objetivos, pues esos serían nuestros Quereres para toda la vida. A veces conocemos perfectamente nuestros Quereres desde temprana edad; otras veces nos llevamos toda una vida en saber lo que queremos.  Los mentados Quereres se convierten en objetos suntuarios  que hay que poseer a toda costa.
Los Quereres nos pueden arrebatar la voluntad. Terminamos queriendo demasiado. Queremos poseernos; raramente se trata simplemente de querernos. Nos llenamos de mapas en los que trazamos rutas intrincadas hacia nuestros Quereres. Los pensamos, los analizamos, los acariciamos, los dejamos crecer y hasta cruzamos el océano en su búsqueda, regresando con un grueso registro de experiencias y paisajes, aunque los Quereres hayan terminado sepultados entre mármoles y artes. 
Los Contextos dicen que todo es culpa de la posmodernidad.  Pero son los Quereres los que han llegado a forjar sociedades enteras. Nos vuelven ogros sanguinarios en su defensa y dóciles corderos en su convivencia. Guardamos luto por nuestros Afectos; por los Quereres de los demás únicamente otorgamos el sentido pésame.  Hay trágicas ocasiones en que tenemos que echar mano del doloroso negocio de dejar de querer, para ir en pos de una desdibujada promesa de seguir queriendo.
Consumimos Quereres para obtener Quereres. Creemos que los manuales para querer están en el cine, en los libros, en la poesía, en las conversaciones o en la experiencia ajena. Probablemente tenemos al maestro delante del espejo, y  a pesar de que cada vez se va deteriorando más,  tratamos de adularlo con los trofeos que va consiguiendo en el camino. Si lo tomamos demasiado en serio puede volverse un tirano.  Si aprendemos de él, nos puede hacer divertido el trámite para seguir obteniendo Quereres. Este trámite consiste en sendas cartas románticas, producciones personales en computadoras, lienzos, papeles o vil y vulgar burocracia o rituales que Los Contextos nos obligan a generar.
Los Contextos nos van a seguir llenando de confusiones siempre. Algunos Afectos se volverán grisáceos con el tiempo, o los transformamos en negros odios inconscientes. Están aquellos Afectos que simplemente aparecieron y se han quedado. Nos alegran la existencia.  Otros Quereres que surgen y se nos desnudan en toda su belleza, nos llenan de erotismo y enriquecen nuestra memoria, con la esperanza de que sean parte de nuestros Afectos eternos.
Sí. Sorpresivamente encontramos que los Quereres no han sido sólo personas. En nuestra finitud nos relatamos y nos llegamos a creer la idea de que cuando los espejos dejen de reflejarnos, vaya a quedar tatuada en nuestros Quereres y, por sobre todo, una variopinta historia de Amor.
Tanya González Frausto
Photohistotecta 
Publicación para  el portal "Es lo Cotidiano" del 14 de febrero de 2014
Link:  http://www.eslocotidiano.com/articulo/quereres/quereres/20140214212201007652.html

7.5.14

Dudas

-->
Preferí que las preguntas se quedaran en dudas
Apenas dos o tres esporádicas presencias.
Nosotros, tan frecuentes y tan desconocidos.

Una noche de muchedumbre.
Tu nombre corto, muy corto. Y nada más.
Unas cuantas gotas de alcohol para desatar la tempestad de tu existencia.

Aquella que siempre te preguntas y
Que no me interesa contestar.
Podrías ser un personaje famoso o un simple viandante.

Da lo mismo

Caminar juntos y nada más.

Encontrar en ti lo que menos me gusta
Y aun así recordarte reiteradamente.

No quiero saber más.

Con lo que conozco es suficiente.
Gran proeza la tuya
Despertarme de un letargo que se presumía eterno.

Nada fue para siempre
Ni siquiera el sueño.

Y si nuestro destino es diluirnos
Hagámoslo en una torrencial lluvia de exquisitos encuentros sin respuesta.

12.8.11

La agonía de un lince (Águila y lince, segunda parte)

El lince estuvo esperando mucho tiempo en aquella madriguera.

Su águila cazadora a veces aterrizaba para herirlo.

Pero el lince en un acto de total aburrimiento terminó por irse más lejos.

Encontró otros linces en su viaje.

Con algunos corría, con otros retozaba.

Con todos aprendía.

Un día encontró una criatura por de más extraña.

Con bríos por cazarlo todo, incluso a él.

Le dio estocadas mortales.

Estaba tan herido que no lograba devolverle ningún zarpazo certero.

Lograron entender cómo perseguirse mutuamente.

Pero el lince solo deseaba la muerte de aquella criatura antes de que acabara con él.

Lo acechaba en todos los caminos.

El águila daba vuelos contemplando al lince que se le escapó.

Pero el felino solo concentró sus esfuerzos en la criatura que deseaba asesinar.

Casi muerto y sin poder matar, el lince encontró otras fieras a su alrededor.

Las observaba sin perder de vista su objetivo.

Una de ellas emitía sonidos de una manera que le era familiar.

Comenzó a seguirla.

Se agazapaba para vigilar sus movimientos.

Cuando la tuvo de frente el lince se embelezó con tan hermosa fiera.

Era de su mismo color y habían transitado por las mismos senderos sin haberse visto.

De pronto esta fiera dio un salto por encima de él.

El lince siguió contemplándolo al vuelo para sorprenderse.

La fiera mató a la criatura que tanto le había torturado los últimos tiempos.

Ahora estaba frente al este lince que recobraba la salud para seguir cazando.

La fiera afila sus garras, para que este lince logre de una vez ser inmortal.

25.7.11

Entre el ser y el morir

Entre el ser y el morir

Entre matar y olvidar

Puedes dejar de ser algo para convertirte en otra cosa

El nuevo objeto se irá gestando y anunciará su llegada

El ser alarga lo más posible la llegada de la nueva criatura

Pues sabe que es el mismo monstruo con otra cabeza.

Deseo conservar la esencia, pero evitar la presencia.

Pues cuando llegues a la realidad, te darás cuenta de que yo ya me volví un poema

Y tú , un verdugo persecutor.

Sígueme buscando en los rincones equivocados, tal vez creas que me encuentras por algunos instantes y te saciarás de lo que solo te estará matando poco a poco.

Cuando acabes de morir tu epitafio tendrá escritas mis palabras.

Y cuando estés en el vacío solo recordarás un ángel que tenía mi cara.

10.9.10

Cuando somos

Porque cuando somos, solamente somos tú y yo

Porque cuando estamos, solamente estamos tú y yo.

Una voz retumba en el vacío

Una luz en línea recta navega entre espirales que gritan dentro de un túnel

Pero cuando entro en él y trato de encontrarte,

La luz nos rebasa, los espirales pasan cada vez más rápido

Solamente somos nosotros

Solamente estamos nosotros.

Aunque la vida nos grite

Aunque la vida navegue distinto a nosotros

Acabamos caminando, arrancando las calles de la tierra.

Después no son las mismas calles que recorrimos juntos, simplemente se les parecen,

Porque las otras ya corren dentro del túnel.

Espero que la luz tarde mucho en quedar atrás

Que los gritos se apaguen de vez en cuando para escucharnos

Que nos alumbremos mutuamente con nuestra mirada…

Y después con nuestras palabras.

Que tu olor me lleve lejos de nuevo, para que al evocarte logres entrar de nuevo en mí

Para que al tenerte frente a frente no te vuelva a ver

Pues estaremos como en cada encuentro, con los ojos cerrados, corriendo a lo largo de un túnel frágil e infinito en donde paramos, en donde los momentos se hacen largos, donde nos hacemos gigantescos y donde los sueños se vuelven microscópicos.

Desde una pantalla, desde una habitación, desde una carretera, desde una plaza. Desde todos esos lugares entramos al túnel.

Porque cuando somos, solamente somos tú y yo.

Porque cuando estamos, solamente estamos tú y yo.

14.7.10

Uno más de tantos

La línea que cortaba el horizonte se oscurecía cada vez más. La escalera de piedra que accesaba al templo ruinoso comenzaba a helarse. Parecía cobrar presencia únicamente la luz del farol roto que iluminaba los objetos que Hypatía había colocado sobre las huellas. El aire parecía estar ausente, los objetos inmóviles. Si en aquel momento se hubiera anunciado ese evento, sería el de una exposición efímera de memorias absurdas delante de la fachada de un edificio a punto de colapsarse.

Hypatía ignoraba que la noche había caído. Ignoraba incluso el lugar en el que estaba sentada. Había habitado aquella ciudad los últimos tres años. Pero las preguntas que se alojaron aquel día en su cabeza y que la hacían revisar aquellos objetos minuciosamente la ausentaban de aquel sitio, de aquel momento preciso. Aquella tarde regresaba a su casa en el transporte colectivo. Tantas interrogantes la distrajeron de la estación en la que debía bajar. Llegó casi al final de la ruta del vehículo y se quedó afuera de aquellas ruinas. El último grupo de turistas se retiraba a las seis, como cada tarde. El paisaje todavía era amarillento.

No podía creer que fuera la tercera ocasión que fracasaba el encuentro con aquella persona que la inquietaba. Por eso decidió colocar aquellos objetos en orden casi cronológico, aquellos papeles que ocupaban casi todo su morral, su mente y a punto de colmar su vida.

El origen de aquellas piezas era claro. Era una fotografía de una plaza cercana a donde ella se encontraba en aquellos momentos. La había visto entre un montón de avisos pegados en un muro afuera del café al que iba a desayunar todas las mañanas. Uno más de tantos. Siempre le había llamado la atención esa imagen en una hoja común y corriente, sin ninguna leyenda en especial con tinta negra impresa en líneas paralelas a lo largo del papel. Le llamaba la atención que la imagen cambiara de lugar dentro del panel, pero nunca desaparecía entre todos los mensajes escritos. Unos anunciaban la renta o la venta de alguna casa; otros solicitaban los servicios de alguna persona; otros vendían cualquier tipo de objetos. Pero aquella imagen no decía nada en especial, y a la vez le comunicaba tanto. Hypatía siempre pensó que cuando abandonara aquella ciudad iba a llevarse con ella sus imágenes. Pero no era ni siquiera una aficionada a tomar fotografías. Eso sí. Siempre tenía recuerdos lúcidos, retratos fijos de los lugares en los que había habitado a lo largo de sus tres décadas de vida. Y a partir de ese retrato que encontró afuera del café le seguirían muchos otros distintos colocados en diversos lugares de Dubrós. Hypatía arrancó aquel papel tres semanas después de que se percató de su existencia. Al parecer había sido colocado en la madrugada, pues nadie le daba razón de quién lo había pegado ahí. Pero nadie se atrevía a quitarlo por distintas razones. En general agradaba, pero más bien parecía que alguna autoridad deseaba que permaneciera ahí. En un acto anárquico Hypatía lo quitó y lo guardó entre sus papeles. Ahora iniciaba una cadena de objetos colocados en aquella escalera. Junto a esta imagen había otras más de calles, plazas, monumentos, grupos de personas o detalles de Dubrós. No eran postales. Eran hojas impresas pegadas en distintos lugares. ¿Sería posible que sólo a ella le interesaran aquellas imágenes? Ella era la única que las arrancaba de las paredes. Un día decidió no retirar una de ellas junto a una estación. Escribió detrás de ella: “¿Quién eres?”, hasta que dejó de hacerlo tres fotografías después de aquella pregunta inicial. Siempre recordaría con asombro que la siguiente imagen después de aquel hartazgo no sería un paisaje o alguno de sus detalles, sino un retrato: el de ella misma bajando del colectivo hacia su casa, representado en varias copias pegadas en distintas partes de Dubrós. No sabía nada de lentes que acercaran o alejaran los objetos para fotografiar, pero intuía que aquella foto habría sido disparada con el fotógrafo casi enfrente de ella. El asombro se tornó en miedo por unos instantes. De nuevo haría la misma pregunta detrás de las fotografías que encontraba. Una a una, estaban formadas a lo largo de aquella escalera. Aquel personaje escribiría un par de veces un sitio y una hora en la cual encontrarse, su nombre y ningún otro dato más. Hypatía no quería poner sus datos tampoco. La primera vez tuvieron la mala suerte de una apoteósica manifestación en su punto de reunión. El mitin duraría tres días. La segunda vez el temor de encontrarle era tan grande que la tumbó en cama con un cuadro severo de intoxicación. La tercera vez ya parecía una burla. Esta vez ella propuso el lugar y la hora. Sería aquel café donde encontró la primera imagen. Pero cuando se acercó al lugar acordado la calle se encontraba acordonada; había tránsitos desviando el tráfico, y afuera del café un camión rojo y varios bomberos tratando de apagar el fuego originado en aquel lugar. Entre el humo y el caos no pudo encontrar a la persona que buscaba. Quiso regresar a su casa, pero llegó hasta aquel lugar a colocar aquellas fotografías, una a una hasta que todas sus preguntas fueran contestadas o al menos quedaran en su sitio y no desordenadas en su cabeza. Hypatía se quedó dormida después de observar su montaje. En la negrura del paisaje se veía una luz rojiza sobre las siluetas de unas fotografías y su única espectadora durmiendo a un lado. Al día siguiente la despertó el altavoz de un guía de turistas. Todo Dubrós se había puesto en marcha. Las fotografías eran las únicas pertenencias suyas que habían desaparecido. Sintió que sus preguntas habían sido robadas aquella noche sin poder recuperarlas ni contestarlas. No quería ni pensar en la magnitud de aquella pérdida, que comenzaba a crecer. Buscó en los alrededores sus fotos. No estaban. El barrendero negó haberlas visto. Se sentó nuevamente sobre la escalera. Por unos instantes el sitio quedó vacío. Hypatía escuchó varios disparos de una cámara. Pensó que serían turistas rezagados. Cuando dejó de escucharlos fue cuando volvió en sí. Alzó la vista, encontró a un individuo casi tan asustado como ella mirándola. Con una cámara grande en las manos y un montón de hojas de papel arrugadas saliendo de su equipaje.